Cereté marzo 15 de 2016
Hace un año me preparaba para
viajar a otra ciudad, a un nuevo puesto y a un nuevo reto. Hoy, con otros miedos y otro camino por delante, no
estoy nerviosa ni siquiera ansiosa. Evalúo mis emociones y evito el detonante
de la situación: verlo de nuevo, verlo por primera vez, verlo después de 9 años
y saber que <<él >> no me conoce.
El encargado de atender en la
casa cural de la parroquia, atiende a otro señor, y a mí me informa “que
espere” (aún no me dice sí Moisés
está aquí), su actitud es formal y está
tratando de despachar al señor que insiste en una eucaristía de domingo de
ramos en una vereda. (Nunca imaginé que
para una misa de cumple mes de muerto, sea necesario tanto adorno y
convenciones, aquí en estos pueblos vuelven a la muerte un fastidio, con todo
lo que hay que hacer para morirse), en eso se iban mis pensamientos, cuando me
interrumpen sobre – ¿a quién buscas?
-Un caso particular, tu verás si
te arriesgas o no. Así inicia la premisa de Juan Guillermo, el encargado, cuando
le pregunto si puedo ver a Moisés. Él, continua con su diatriba “no está muy
bien mentalmente”, para mi sorpresa
inicia el relato: Cuando niño sufrió un accidente, y con ayuda lo llevaron a
Cartagena para diagnosticarle un trauma en la cabeza, que es la causa de su
locura; El padre Gustavo Castaño ha tenido
afinidad y algo de empatía, le ha permitido acolitar de vez en cuando. Pero hay
veces que es un complique para la ciudadanía. Lo molestan y se altera; y puede
ser agresivo, escuché que había agredido a un muchacho hace dos o tres meses
-
No es acólito, puntualiza el encargado ante mi
mirada llena de preguntas. Para resocializarlo, el padre Gustavo, lo sienta en
la eucaristía. Entenderás que <<él>> no “encaja socialmente hablando” no se ve
normal; pero en las procesiones le colocan el “Alba” o vestido blanco.
En esta resocialización, él ve
las consecuencias de sus actos y se disculpa. Un sonido nos interrumpe, una
señora bajita, de cabeza blanca y ropa de estar. -¿Ha visto a Moisés señora?,
le pregunto de forma inocente. “¡No! Y no me lo quiero encontrar tampoco”. Responde
enfática la encargada de la cocina en la
casa cural de Cereté. Su nombre me gusta: Digna, pero su respuesta no tanto.
Él no es acólito, ser acólito es
una tarea muy seria: los acólitos sirven al altar, conocen la parte celebrativa
de la liturgia, los nombres de los ornamentos
y utensilios sagrados; se reúnen y practican semanalmente… no se delega a la ligera, tienen un líder que los
organiza. Me responde Juan Guillermo y con esa seriedad eclesiástica de
encargado, me lanza la siguiente
recomendación: Deberías venir en la mañana temprano, siempre se aparece después
de 6 de la mañana, tipo 6:30 am. Y con esa hora en mente, regreso, frustrada y confusa: no ví
a Moisés, ni siquiera me lo crucé; pero tengo información que antes no sabía o
mejor, nunca quise saber.
Cereté 6:30 a.m. Algún día de Noviembre de 2007
El uniforme listo, y esa bendita bincha de lazo fucsia
también está lista “te queda bien amore” me dice Saray, mejor le cambio el
sentido del lazo… pienso para mis adentros. Hoy es el último día oficial de
clases, los de 11 cantaremos la canción y es el día donde todos lloran ante la
culminación del bachillerato, sí, lo admito, estoy emocionada. Ha sido un año
de altibajos y el grado pinta bien. Me asusta la Universidad de Córdoba, estudiar
ingeniería me asusta mucho más, pero qué se le hace, es lo que hay. Con ese
pensamiento en la cabeza, me bajo del carro, mi carro, el de mi papá. Los del colegio
León de Greiff nos bajamos y quedan las estudiantes
de Nuestra Señora del Carmen que también van para el colegio.
Un último vistazo a la bincha fucsia: “sí amore, de ese
lado” y en un sútil giro, mi rostro se inclina a la derecha y siento:
Calor. Calor. Dolor. Sangre.
Piedras.
Realmente no recuerdo el orden de las cosas que sucedieron
en esa mañana, hasta mi cerebro decidió borrar la fecha a propósito y se lo
agradezco. Me llevé las manos a la boca y dejé caer el bolso, sentía muy rara
la boca, y un calor me inundaba el labio inferior, tenía algo dentro, como
sucio o algo y escuché muchos gritos, pero yo no miré ni supe de dónde venían,
me preocupaba lo que tenía dentro de la boca; tocará escupir, fue lo que pensé
y con el escupitajo, se reveló lo que jamás imaginé: piedras y sangre: ¿de dónde
había salido tanta piedra de mi boca? Me quedé mirando a todos lados, necesitaba
que alguien me explicara. “una piedra”, “Moisés”, “el loco”, “agarra a la niña”
y mientras mi papá gritaba lo último, mi hermano, mi buen hermano se despojaba
de su camiseta y me cubría la boca, tan pálido como sólo la sangre lo puede
asustar, pero que en el fondo se estaba
haciendo el valiente; la verdad no vi a quién me hizo lo que me hizo, y acaso ¿qué carajos fue lo que me hicieron?
, recuerdo a un personaje de piel negra, con nariz ancha y mirada perdida,
barba y canas en ella, ropa con una talla más grande y mi papá, más acelerado
que nunca en el carro, queriendo llegar al hospital. “El loco Moisés le tiró una piedra a la niña y le
rompió la boca”, fueron las palabras que
mi papá le dijo a mí mamá por teléfono y que a partir de ahora unirían nuestros
mundos, y quién es <<Él>> ¿Por qué a mí? ¿Qué me va a pasar?
58 Puntos en el labio superior y 50 más en el labio
inferior, una cirugía plástica reconstructiva, dos años de terapia y 6 dientes blanditos con posibilidades de
pérdida, dietas liquidas por restricción en la movilidad de la boca, una
cicatriz imperceptible en la parte derecha de la boca y un miedo irracional a
gamines, indigentes y cualquiera que no sea “normal” y deambule en la calle.
Eso fue lo que me pasó.
Un Mundo.
Tal vez tenga un nombre de gran
señor, con apellido largo tipo: Peñalosa o Gutiérrez. O un simple López o Gómez. Un golpe que haya sido causado por una caída,
desde un caballo o la cuna. Una familia
muy pobre para un tratamiento a la ciudad con médicos, en este caso Cartagena.
Y lo dejaron así sin más, vivir su locura y dejar que tanto él como otros se
jodieran con su condición.
Con 62 años, Moisés vaga por las
calles de Cereté, es de poco dormir, siempre fue así, se levanta y se baña, a veces, si lo
recuerda. Vive en el barrio chuchurubí, cerca al centro, pero con el atraso de
un barrio pobre, que mira de cerca a la élite de este municipio. Escoge algo,
no sabe muy bien qué color es cual, no los alcanzaba a identificar, pero sabe
que los zapatos son oscuros, así no se ensucian tanto y él camina. Camina y
camina mucho.
Está gordo, le dicen el preñado, lo
enoja y mucho, no le gusta que le digan así. Pero le gusta ir al mercado, allí
siempre hay comida y antes de pasar por la misa de 7 am a ver al padre Gustavo
que se porta muy bien con él, puede conseguir uno que otro mango o lo que le
regalen y llevarlo a la iglesia.
Que nadie lo moleste, él no molesta
a nadie, solo camina, y camina, ¿por qué les incomoda verlo caminar? Si no lo
molestan, él no molesta, es lo que se repite. Pero ya no es tan malo, la gente
le dice que si se porta mal, el padre lo regaña y no le dejará ir a la iglesia. Le gusta
ponerse el alba, se ve todo blanco, elegante. Y aún tiene los zapatos negros.
Recuerda tener que motilarse, le dice a su hermana, la que lo cuida y se quedó
con él desde la muerte de su madre, su hermana, la que lo quiere. Su papá nunca
lo quiso.
En la misa, lo miran y lo
respetan, aquí no se pueden reír de él. El padre los regañaría, y colabora en
las procesiones, va detrás del padre con el megáfono. Le gusta ser acólito y la
gente le toma foto. Siente que lo miran, esa niña lo mira, es chiquita y flaca
y lo mira. No la conoce, no conoce a mucha gente. El padre lo regaña porque se
atrasa. - ¿De dónde la he visto? El padre, si no camino se enoja y camino por
la procesión y mucha gente me mira. Y la niña que me miraba se puso a
llorar. Sigo caminando en la procesión,
me gusta ponerme el alba, así le dicen aquí, me veo elegante y no lo quiero
ensuciar. Sigo caminando en la procesión para no enojar al padre, le caigo bien
y no me pega, no como los otros, los otros me pegan y yo me defiendo, les tiro
lo que encuentro. ¿Dónde he visto la niña? Sigo caminando para no ensuciar mi
alba
Demonio.
Es impresionante como dos mundos
colapsan, o un mundo lleno de locura ensombrece a otro, y no queda nada de culpabilidad.
Me sorprende ver cómo acciones tan pequeñas pueden si acaso llegar a unir a dos
desconocidos, por un pasado en común, o al menos uno que yo recuerdo; <<él>>,
no lo sé y no quiero atreverme a pensar más allá. ¿Me recuerda? ¿Sabe mi
nombre? ¿Cómo luzco? Y mi cerebro responde con NO, No y No.
La negativa fue mi máscara al
intentar buscarlo, disfrazada en esta falsa crónica de su nueva vida como
intento de acólito, al loco que me tiró una piedra cuando tenía 16 años y
simplemente saber ¿cómo va su vida? ¿Qué ha hecho en estos 9 años? La verdad
nunca me interesé por él. Que hay en su mundo, en su caos y cómo llenó mi mundo
de caos con su paso.
La comida en pitillo, las
gelatinas para que los dientes no se me cayeran, la sangre de los puntos, el
terror en los ojos de mi padre y mi hermano al ver la escena y no entender ¿por
qué? Las cicatrices, las veces que sudé
manos y los ataques de ansiedad se apoderaban de mí, mientras estaba sentada y
veía cómo un gamín se acercaba pidiendo plata.
No, y a eso se resume mi
realidad, Moisés no sabe nada, no recuerda nada.
No hubo mejor terapia que verlo
intentando ocupar un lugar en esta iglesia, ayudando al cura como intento de
acólito, vestido de ese blanco que tanto me asusta. No hubo mejor terapia para
intentar borrar de mi recuerdo lo imborrable y allí, mientras él camina vestido
blanco, no puedo evitar llorar y despedirme con la ironía de que aquel que parece un ángel, no sabe ni sabrá que es
la personificación de todos mis demonios.